Cuando fui madre, di a luz la propia vida. Luego, la llevé a las aulas

Di a luz a mi hija Jezabel cuando todavía no había cumplido los 22 años. Ahora a punto de cumplir los 45, sé que también en un sentido profundo y sagrado, empecé mi propio alumbramiento hacia lo que sería a partir de aquél momento, mi nueva vida (mi auténtica vida, por la que no se transita, por la que se vive).

Desde que supe que iba a ser madre, un sentimiento me invadió por completo: la necesidad de aprender, de saber, de conocer, para poder trasmitir, enseñar. Desde la ingenuidad propia de mi juventud y también de mi situación y circunstancias, escuché la voz sabia de mi intuición que se abría paso dentro de mi, a la vez que la vida de mi hija. Intuición que me llevó a los libros, a los poemas, a las canciones. Intuición que me abrió los ojos para verlo todo. Que me empujaba a hacerme cargo de mi para poder hacerme cargo de ella. Sentí la punzada de la pasión por descubrir, por el gozo de saborear los nuevos aprendizajes, sentí la necesidad de darle espacio a toda mi creatividad y también tímidamente empecé a escribir. Para protegerla, para enseñarla ...pensaba yo.

Después con el paso del tiempo, me fui dando cuenta de que deseaba protegerme y enseñarme a mi misma y que mi intuición había venido a rescatarme de un turbio sueño de cuentos de hadas para trasladarme a la vida real en plenitud.

Esa intuición que me guiaba, al sentirse escuchada y acogida, ya jamás me abandonó, ni siquiera en tiempos de profunda crisis cuando mantuve a cara descubierta, mi primera relación con la muerte. Muerte que no era tan física como psíquica pero que experimenté como una realidad concreta e inmediata.

Encontré en las palabras de otra mujer significado a mi experiencia cuando leí: “hay que pasar por todo; hay que pasar por los infiernos de la vida para llegar a escuchar los números de la propia alma”.1 Así me zambullí de pleno en las sabias reflexiones de María Zambrano que daban sentido a lo vivido de esta forma bella y trasformadora con la que me sentí plenamente identificada también cuando manifiesta: “ Experimento en un momento de mi vida el poder revolucionario de la crisis y la cercanía de la muerte, momento que es como un “estado prenatal” en el que es posible pensar en volver a nacer “fiel a mi desnudez”, libre de la obligación de ser algo que no me pertenecía. Y ahora al no haber podido morir siento que tengo que nacer por mi (si) misma”.2

Entiendo que este “nacer por mi misma”, es un re-nacer. Es una forma de re-encuentro con la propia fuerza interior que nunca debió alejarse y que se necesita rescatar. Es según mi experiencia una forma de rendir un homenaje a la primera relación. Primera relación que es sin duda la relación con la madre que nos da la vida. Ésta que al re-nacer adquiere más fuerza, si cabe. Al menos en muchos casos, sí más identidad porque nos atrevemos a ser. A veces aunque suene extraño, eso, hay que aprenderlo. Y se aprende en relación.

Por todo ello en mi quehacer cotidiano, en mi tarea amorosa de cuidar de la vida de mi hija, fui cuidando a la vez, de la propia, dando paso a una trascendencia vital en la que dejaba atrás pedazos de piel que ya no me pertenecían, con la certeza de que para que “algo nazca algo tiene que morir” como menciona Clarisa Pinkola Estés.3 Entendía por tanto, que algo en mi había muerto para dejar paso a algo nuevo y en ese re-nacimiento compartido con el nacimiento de mi hija fui descubriendo-me. Recuerdo, por ejemplo, que al cantarle nanas mientras la mecía, me di cuenta, sorprendida, que mi voz sonaba bien. Me fui escuchando mientras le enseñaba las canciones y sentí que me apasionaba cantar.

Mucho más tarde, en realidad hace sólo unos cuatro años, leí en palabras de nuevo de Clarissa Pinkola Estés que “cantar es ponerle voz a la vida4. Me sentí como quién halla un diamante entre un montón de baratijas. De nuevo gracias a otra mujer descubría la autoridad de un deseo, esta vez el de cantar y de la fuerza de mi voz. A través de ese espejo que me proporcionaron las palabras de Clarissa me di la autoridad de cantarles a las mujeres con las que trabajaba. Incorporé un deseo, una pasión, una parte de mi vida a mi trabajo, a mis relaciones, a las aulas. Las mujeres cantaron y se emocionaron conmigo. Acogieron, sin saberlo, algo que en otros espacios, durante años, había pasado invisible, apenas apreciado como “su manía de cantar”.

Así aprendí que esas mujeres a las que supuestamente yo iba a enseñar, me enseñaban. Mujeres a las que yo escuchaba, me escuchaban. Que juntas dábamos forma a la magia de la relación. Algún tiempo después de nuevo la vida me regalaba esta vez de la mano de Milagros Rivera 5 , esa autoridad femenina compartida que te hace crecer, cuando hacía referencia a la canción “Desde mi libertad6, justo la canción que yo había convertido, poco más o menos que en un himno, entre las mujeres que compartíamos aula, complicidad, experiencias y deseos. Canción que ahora ellas también se saben y cantan, porque también han aprendido a ponerle voz a su vida.

Luego me atreví a ponerle mi propia letra a las canciones como regalo de amor a las personas que amaba y ese amor tenía entonces un inmenso privilegio: ser sentido, escrito, dicho y cantado. Y esta creatividad también se compartió en el contexto educativo y del aula a través de diferentes dinámicas en las que las mujeres tomaron contacto con la fuerza de componer. Una forma de expresar y expresar-se. En este recorrido entiendo que la vida de la que me hice cargo, como he explicado, se manifiesta en mi encuentro con las alumnas y se regala a ellas. Y es que no es posible dar lo que no se tiene, pero tampoco es posible quedarse sin compartir aquello que nos llena el alma.

Creía al principio de hacer estos mágicos descubrimientos que eran algo así como un milagro, pero ahora sé que yo pedía verme reflejada en saberes o experiencias que no eran mías ni eran como yo, por eso no hallaba la forma de ser visible, hasta que empecé a mirarme en el hacer femenino donde puedo encontrar mis referencias, donde puedo encontrar mi espejo y mi orientación. “Yo miro lo que hace otra mujer porque eso me da medida, o me da pautas para seguir haciendo, diciendo, escribiendo. Ese es mi deseo”. 7

Creo que es en esa forma de mirar y admirar, de compartir semejanza, el lugar en el que el lenguaje del alma tiene espacio y es requerido, lugar en el cual mi creatividad puede ponerse alas de colores que son pintadas por mujeres como yo, que me ayudan a alzar el vuelo, cada día. “Nunca me enseñaron a volar, pero el vuelo debo alzar...” 8

Mis deseos pasaron de ser vistos como meros caprichosos o manías que me presentaban como alguien incierto, a convertirse en mis coordenadas vitales, en rasgos de mi que se repartían en cada clase, en cada momento de ser. Señas creadoras de mi identidad. Así, por tanto, mis deseos de aprender y de enseñar se tornaron el eje de mi existencia.

Dándole un sentido propio a la vida misma que se regenera sin descanso, una y otra vez en cada relación educativa que no es más que una oportunidad de gozar de algo que me nutre las entrañas: el saber compartido. Por un lado aprendo todo aquello que con generosidad y gratuidad me ofrecen las mujeres de mi vida, mujeres sabias que dan sin saberlo su conocimiento acumulado: las que desde sus escritos me alimentan con nuevas reflexiones; mi madre a la que además de otras muchas cosas que pueden resultar obvias, le debo la pasión y el amor a la vida, la capacidad de vibrar con todo y hacer que las cosas sencillas me llenen el alma; a mi hija esta nueva vida que empezó con la de ella y que me hace rebosar de entusiasmo.

Entusiasmo que a punto está de reventarme las costuras de la piel de puro goce de ser y de existir; a mi hermana que sabe acompañar mis inquietudes con ese respeto que es sagrado; a mis profesoras que son ahora mis amigas y que han resultado ser faros que me han indicado el camino: Mercedes Loring que desde que con 30 años me acogió en su aula donde yo acudí para obtener el título del “graduado escolar”, ilusionada con llegar algún día a la universidad, me descubrió que ese objetivo estaba bien, pero que era mucho más importante y necesario para mi saber mantener mi alegría y mi paz interior sin que nada ajeno pudiera perjudicarlas, que me acercó a la humildad necesaria para hacerlo todo con intensidad y dedicación sabiendo y reconociendo después, que sola nunca lo habría conseguido, que me enseñó que las virtudes personales son sobre todo para regalarlas a las personas con las que compartimos la vida y el aula, que me reconcilió con mi espiritualidad y que todavía hoy cuando nuestra relación se ha convertido en una bella historia de amor, permanece a mi lado mostrándome el mapa cuando me desoriento.

Hoy, 14 años después de nuestro primer encuentro cuando ella cuenta ya con 79, hemos conseguido ir mucho más allá de la mera comunicación desde que marchó a vivir a Madrid, creando una relación nueva que da intimidad a la ausencia redescubriendo el placer de escribirnos. “Hay cosas que no pueden decirse, y eso es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir” 9. Remei Arnaus que siempre me brinda oportunidades que se convierten después en verdaderos privilegios de mi vida y que son muestra de su confianza en mi. Confianza que me hace visible en la relación y se convierte después en otra nueva forma de darme a las otras; Isabel Villena que me enseñó todo lo que sé sobre el nacimiento y la muerte; Montse Salas que tuvo a bien elegirme como compañera de trabajo de clase dando paso a la amistad que todavía hoy nos une; mi amiga y compañera de trabajo Núria Beitia, con la que tengo una especial complicidad y parece que un equilibrio mágico nos ayuda a turnarnos cuando algo no anda bien, porque nunca coincidimos las dos en el lado del desasosiego y la preocupación, sino que, cuando una está nerviosa la otra aparece tranquila y relajada.

Claro que eso no es por casualidad, es la fuerza de la relación viviente que hace posible que veamos una forma diferente de resolver desde otros espacios y otras posibilidades, y eso es así, porque nos damos la libertad de ser y confiamos en la autoridad de la amiga para aprender una nueva manera de hacer, que sin duda, puede ser mía si la incorporo como un regalo que me ofrece nuestra relación, como una posibilidad de crecer acompañada por una mujer que me muestra su hacer femenino. Así podría nombrar a muchas mujeres en las que he buscado, y sigo buscando, insaciable, todo aquello que me hace falta para vivir.

Por otro lado, enseño todo lo que sé, todo lo que soy, y que incluye evidentemente todo lo que he descrito como fruto de lo vivido en mis relaciones vitales, ya que con toda esta carga sentida, vivida y marcada en mi piel y en mi voz, me muestro a las mujeres en cada espacio educativo, en cada relación dentro del aula. Precisamente es este tipo de lenguaje, de expresión, de argumentos los que me singularizan a mi y a todas las mujeres que de alguna forma se puedan reconocer en estas líneas. Desde el patriarcado poco prestigio o reconocimiento podría tener lo que acabo de contar, porque en su lógica pracmática podría reprocharme: ¿y a quién le importa todo esto?, pero ahora ya no caigo en la tentación de traicionarme para copiar el leguaje de otro ajeno a mi, buscando legitimarme en aquello que justamente me diluye. En la convicción de que esto importa e incumbe a muchas de nosotras, parto de todo lo adquirido en mi propio viaje personal, y por tanto, todo lo que me han aportado las relaciones con las mujeres, y desde esa certeza de que lo importante es “partir de si”, le devuelvo a la vida lo que me da, ofreciéndo-lo y ofreciendo-me a esas otras mujeres alumnas, compañeras, amigas con las que comparto la aventura de aprender viviendo. Poniéndome en juego en cada clase, en cada experiencia educativa. Ellas también se ponen en juego y queda manifiesto en la generosidad de su atención y en las reflexiones que aportan, así como, en la capacidad de exponer sus problemas, vivencias o preocupaciones quedando desnudas ante nosotras, sus compañeras.

Creo en el darse en plenitud y me gusta mostrarme a cara descubierta en el quehacer educativo, entiendo que llevar la vida a las aulas es un reto y no creo en enseñanzas ausentes de experiencia de vida, como dice una canción, de nuevo de Ana Belén, : “siempre encuentras algún listo, que sabe lo que hay que hacer, que aprendió todo en los libros, y nunca saltó sin red” 9.

Saltar sin red en las aulas es dar a conocer nuestro lado femenino que siempre tiene más sabiduría que cualquier título o discurso académico, es, ni más ni menos, el lugar donde yo habito, por eso es el saber del alma el que nos vuelve conscientes y verdaderas. Es el saber del alma el que al compartirse genera vida y esperanza. Y es el saber del alma el que une en relación y el que consigue el entre mujeres.
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Todo esto es un proceso que se teje poco a poco, insertado en la cotidianidad del contacto en las aulas.

Desde el espacio Proposta d’un desig (Propuesta de un deseo) 10 ubicado dentro de la librería Pròleg,11 hace ya unos años que junto con mi amiga y compañera Núria Beitia, compartimos con diferentes grupos de mujeres varios espacios de reflexión, debate, aprendizaje, creatividad... etc. A través del tiempo he podido comprobar que siempre hay un nexo de unión entre todas nosotras: la búsqueda.

Cada mujer desde su propia singularidad manifiesta de forma diferente esa búsqueda, unas con plena conciencia y otras desde un recodo más inconsciente, pero cada una alberga en su interior esa necesidad de “encontrar”. Así hay quien en el aula busca consuelo a sus aflicciones o respuesta a sus preguntas. Otras quieren recuperarse después de una crisis o un duelo. Algunas sienten una tremenda curiosidad por temas de introspección y buscan esa experiencia. También están las que desean conseguir más conocimientos culturales o intelectuales. Otras buscan compañía y el calor de la relación. Y muchas descubren asombradas, ilusionadas y serenas, sus deseos internos y la fuerza de su creatividad.

Estos son los puntos de partida de cada encuentro en el aula. En cada una de ellas, sea cual sea, el motivo de su búsqueda, hay algo de mi. Y ellas ven en mi algo suyo, reflejado en mi propia búsqueda. Esto lo entiendo así porque en el fondo la única y verdadera búsqueda a la que todas nos entregamos, a menudo sin ponerle nombre, es a la de conseguir la libertad de ser quien somos.

Por tanto, juntas recorremos un camino donde al andarlo descubrimos que ya no estamos en un lugar parapetado en nuestro pensamiento influenciado, en nuestra personalidad, en lo que creemos ser, en lo que hemos estudiado, en lo que nos han dicho, en ideas, prejuicios. Ya no estamos en ese lugar limitado desde donde creamos un mundo que también es limitado y que nos asfixia. Poco a poco vamos estando en un lugar de conciencia verdadero porque es elegido desde lo más profundo, lo más íntimo. Un lugar donde reina la libertad , como afirma Consuelo Martín12.

Cuando hablamos, pensamos y sentimos sobre la muerte, la soledad, o la relación, siempre lo hacemos sobre nuestra muerte, nuestra soledad, nuestra relación. Es nuestro aquello que planteamos como reflexión porque nos pertenece desde los adentros y es por ello, un saber interno que transforma y reconforta.

Esta libertad es la del espíritu y éste nunca lleva a cosas estrafalarias, por tanto, conectar con nosotras mismas desde la profundidad de ser quien somos, no nos hace perder el sentido de la realidad objetiva ni tan sólo nos aleja de ella, sino que nos inserta en el mundo y nos guía para trascender, desde esa realidad, ahora sí, subjetiva y nuestra. Dice Virginia Satir que: “estar en contacto íntimo no significa abusar de las/los demás, ni vivir feliz eternamente. Es comportarse con honestidad y compartir logros y frustraciones. Es defender la integridad, alimentar la autoestima y fortalecer las relaciones con las personas que nos rodean13.

No perseguimos tampoco que alguien “nos dé la razón” (patriarcal y símbolo de poder tras el que se refugian injusticias y atrocidades), nuestra hambre es diferente y se sacia de consuelo y de comprensión, de reconocimiento a lo femenino nuestro, por eso rectificamos y corregimos, por eso estamos dispuestas a aprender y modificar, pero desde el espacio de la ternura y de lo entrañable, desde ese hacernos visibles y existentes.

En mi trabajo cotidiano la relación del aula deviene relación amorosa porque las mujeres buscamos aprender y buscamos amor. Y amor y aprendizaje sostienen la relación educativa que llevamos a la vida, fuera y dentro del aula. Es como un círculo que recoge todo lo que somos y lo que queremos ser, sabiendo, agradecidas, que nada somos las unas sin las otras.

Las mujeres expresan con sus propias palabras aquellos descubrimientos que las embargan y las emocionan. Descubrimientos que me remiten a los propios y que me identifican, tal como ya he dicho. Mujeres que están poco a poco “re-naciendo por si mismas”. Un re-nacimiento propio de cada una, ya que cada una dará vida a aquello femenino que alberga en su espacio íntimo esperando el momento de dar fruto, de tomar forma. Así en nuestros encuentros se trabaja a través de la creatividad todo lo que nos preocupa, o nos interesa.

A menudo son las relaciones más importantes las que no tenemos colocadas en nuestra afectividad y llenas de confusión, intentamos a través de nuestros encuentros ir colocando las piezas del rompecabezas de nuestras vidas. Así nos adentramos a veces en aventuras llenas de emoción, de sentido y de vértigo como por ejemplo el re-encuentro de la relación con la madre como parte esencial de nuestro recorrido. Las mujeres rescatan, re-descubren, re-conocen, a algo esencial de ellas mismas en este viaje femenino y encuentran la mirada, la presencia, de la madre, también en este nuevo nacimiento, para después ofrecerlo a sus propias hijas, hijos, al mundo.

Teresa Cubi 14, alumna, amiga, compañera, hizo a través de la fuerza de la relación compartida un trabajo de acercamiento amoroso a su madre, utilizando para ello toda la fuerza de su creatividad. Logró dar sentido a sus diferencias comprendiendo que no las convertía en seres diferentes ni opuestos sino en mujeres que se complementan necesariamente. Así surgió un cuento que representa el reconocimiento a su madre a la vez que deja espacio a pensar de forma diferente a ella. Consigue unir ambas cosas dejando libertad a sus identidades. Así nos regala su descubrimiento a través de su experiencia y del crecimiento del deseo y de la creatividad. Dice Teresa:

“Discreta y silenciosa, la inspiración me visitaba algunas noches, invitándome a llenar hojas en blanco con las palabras que ella y yo tejíamos en mi imaginación. Así empecé a disfrutar y a comprender el gran poder de la creatividad.

Las emociones que descubría eran demasiado reveladoras como para pasar desapercibidas; aquellas vivencias estaban repletas de una fuerza y de una energía que provenían de algún lugar desconocido de mi persona, un lugar que deseaba ser descubierto y explorado.

Pero a veces da miedo adentrarse en terrenos extraños y necesitamos que una guía nos acompañe en esta aventura. Y yo tuve la suerte de encontrar este norte en un taller de "El amor a mi”, después del cual inicié un largo viaje de aprendizajes y de formación educativa en el aula. Desde este espacio que me da acogida y autoridad, empecé a caminar por mi cuenta, cojeando al principio, y me descubrí a mi misma con otros ojos y otra vida. Así me di cuenta de que podía utilizar el regalo de la facilidad de palabra para expresar y dar salida a todo aquello que se cocía en mi interior. A través de los cuentos pude poner nombre a miedos, a fantasmas, a deseos, a vivencias, a valores. Con ellos también puede reconstruir la relación con mi niña pequeña, con mi hermana, con mi madre.

Y uno de los cuentos que tengo en más estima nació precisamente como herramienta de trabajo en el aula, para reparar la relación materna. La propuesta consistía en escribir un relato con la idea “mi madre me ha regalado un vestido”… El fruto de esta preciosa experiencia escrita fue el cuento “El Vestido”. Recuerdo que aquella noche la musa de la inspiración estaba especialmente creadora, o quizás era que yo sentía que el vínculo al que me estaba refiriendo era algo más que vital. Con facilidad las palabras fluían del alma, del corazón, de lo más profundo de mi ser. La palabra servía para reconciliarme con mi esencia y con el mundo que me rodeaba.

La fuerza de la creatividad es poderosa, inagotable, y me invitó a ir todavía más allá: de la palabra escrita pasé a la palabra hablada. Atraída por la magia que me producía escuchar cuentos, empecé, tímidamente, mi camino como cuenta-cuentos: como quien tiene sed y se adentra en una espesa selva, intuyendo que en su centro se aloja un río caudaloso.

Y lo encontré, el río. De cuclillas bebí un pequeño sorbo, sólo para probarlo. Des de entonces no pude dejar de beber de aquel riachuelo: y cuanto más bebía, tanta más sed tenía. Aquel agua me nutría y me alimentaba el espíritu y el alma, me hacía crecer, aprender, y me llenaba de una satisfacción inexplicable.

Y tenéis que saber que aún estoy bebiendo, de este agua, y que nunca me canso de ella. Porque se trata de un agua creadora, de un agua donde habitan la sabiduría y la fuerza femeninas. Se trata, al menos para mi, del agua de la VIDA.

Este es mi cuento nacido de la relación y de esta nueva sabiduría y que me permite darle sentido y significado a mi creatividad, rescatando cada trozo de mi que antes no veía, porque tampoco veía aquello que me sostenía: mi madre:
El vestido

Mi madre me ha regalado un vestido hecho completamente con sus manos: todo, des de los primeros patrones, el diseño, pasando por el corte, el hilvanado, el sobrehilado, el punto de máquina, el bordado y la confección de todos los complementos.. hasta el más mínimo detalle lo ha preparado y cosido con mucho cuidado y amor. Realmente se trata de una obra de arte, una pieza única, de coleccionista, con un valor que no tiene precio. Y mi madre, orgullosa y satisfecha con su obra maestra me la ha regalado a mi, la hija tan querida, porque quiere que vaya bien elegante con el mejor de los vestidos... ¿por qué hay mejor pieza de ropa que aquella hecha y confeccionada por la propia madre? Es el vestido más auténtico, el único que no encontrará copias, y como está hecho con amor y adoración, no habrá otro más bonito.

Y yo, de pequeña, lo llevaba, porque era el único vestido que tenía, y ya me iba bien... tampoco me miraba demasiado en el espejo y no prestaba atención a su composición ni a sus patrones... a medida que fui creciendo, me sentí cada vez más incomoda con él, y empecé a taparlo con capas y más capas de otras piezas de ropa, de distintos colores, texturas, medidas, orígenes... La verdad es que ya me había olvidado del valioso vestido, prácticamente ni lo notaba debajo de tantas telas que lo cubrían.

Hace poco tiempo, después de quitarme muchos disfraces y ornamentos, me he quedado desnuda, por fin, también, sin el precioso vestido que mi querida madre me regaló con tanto amor. Y ahora me encuentro al descubierto, ante un extenso vestuario y con el vestido de mi madre en la mano, lo sujeto con fuerza porque tampoco quiero desprenderme de él. Y es que finalmente, cuando me he puesto el vestido y me he mirado al espejo, me he dado cuenta de que no me gusta como queda en mi cuerpo... no sé como explicarlo... tiene unas mangas demasiado anchas, y es demasiado largo para mi gusto... también sobran estos bolsillos y este bordado sobre el pecho...

Qué dilema, el mío! Tengo en las manos el tesoro más valioso de mi madre, de un valor incalculable, con una carga de amor y afecto impresionantes... por otro lado, el estilo de este regalo no es el mío, y me atraen mucho más otras docenas y docenas de modistas que confeccionan patrones distintos, que definen mejor mi gusto personal. No quiero renunciar a ninguno de los dos: el primero, porque forma parte de mis orígenes, de la herencia que me han transmitido, del preciado regalo que me dio mi madre; el segundo, porque se trata de mi esencia, de mi autenticidad, y quiero hacerla consciente y ofrecerle un espacio privilegiado en mi mundo.

Después de debatirme entre uno y otro, me he dado cuenta de una sutileza, de un pequeño gran detalle que desmonta contradicciones y dicotomías: la tela del vestido de mi madre es de una excelente calidad, de unas tonalidades rarísimas, de una textura sedosa muy difícil de encontrar... en definitiva, me encuentro ante un tejido muy escaso en estos días y de un valor excepcional.

La decisión es mía: puedo escoger entre apartarlo y dejar perder este tesoro que me han transmitido, o conservarlo, poniéndomelo de nuevo y adaptándolo a mi estilo.

Sin dudar ni un instante he cogido hilo y aguja y he empezado a trabajar: Recortando el dobladillo, convirtiendo las mangas en finos tirantes, quitando los bolsillos, deshaciendo el bordado, abriendo un escote que adivine las formas de mis pechos, estrechando la cintura para marcar más las curvas femeninas, aprovechando la ropa que ha sobrado para hacer un chal y cubrir así mis espaldas desnudas...Y aún me ha quedado un trozo, la medida perfecta para hacer un pañuelo precioso para mi madre. Quiero regalarle esta parte de uno de mis mejores tesoros que ella, en su momento, me ofreció. Pero quien sabe, quizá mi madre, cuando lo reciba, necesitará también deshacerlo y convertir este pañuelo en algo incomprensible para mi pero vital para ella.”

Experiencias como la compartida son las que dan sentido a lo aprendido en el espacio de nuestras vidas que coincide en el aula, junto a la palabra, junto a la necesidad de compañía femenina en búsqueda de identidad y libertad.

Así la experiencia trasciende el espacio habitual para convertirse en una forma creadora de vivir y compartir. Dar sentido a cada paso. Y se repite el ciclo: devolverle a la vida aquello que nos da. Teresa cuenta ahora sus cuentos, estos, escritos por ella, a las nuevas compañeras, a las que al principio les cuesta creer que tanta sensibilidad, tanta creatividad, sea un reciente descubrimiento, un hallazgo de algo que había dormido largo tiempo en el alma ya inquieta de una mujer, que como ellas, como tantas otras, un día decidió otorgarse la autoridad de la palabra, escrita, expresada, contada, compartida.

Muchas veces en este recorrido que hacemos juntas, se pronuncian tímidamente, como en un susurro, las primeras vivencias de transformación y así vamos aprendiendo el verdadero valor de nuestros sentimientos y de nuestras peculiaridades, como menciona Encarna Benito 15: “Por fin puedo recoger de mi sensibilidad algo más que sufrimiento “.

Reflexión que le da fuerza y confianza en si porque ha descubierto..., porque “se ha descubierto” y lo que antes vivía como un obstáculo ahora sabe, siente, que es una posibilidad.

O cuando Adela Muro 16 expresa: “Es un placer despojarse de la sensación de ser un bicho raro y comprobar que es posible que alguien me entienda. Es un alivio, un bálsamo”. Comprueba así, que la soledad se mitiga en la otra femenina que me devuelve mi propia imagen y que ella también sabe y entiende de lo que yo hablo.

Como Gloria Ribas17 refleja en palabras llenas de significado: “Mujeres que eran desconocidas devienen íntimamente conocidas para mi, cuando nos encontramos en Pròleg cual posada donde reposamos y nos curamos las heridas”.

Estas confidencias, estas declaraciones a modo de reflexión y de reconocimiento dan sentido a la docencia en la que creo y a la que intento dar vida en los encuentros compartidos.

Se inicia en el espacio, ya querido, del aula, el ciclo: vida-muerte-vida, ya que ellas repiten ese recorrido de trascender dejando atrás algo que muere para encontrarse con algo nuevo que nace. Este es un ciclo que se reproduce porque los deseos femeninos de aprender y comunicarse, de encontrar su identidad y su sitio en el mundo, son como todas nosotras, insaciables.

A todas las mujeres , tanto a las que he nombrado como a las que están en mi recuerdo les debo el privilegio de gozar día a día en el aula y enriquecer mi vida con su dedicación y su presencia.

Mai no seré prou vella ni prou cobarda com per no tornar a començar de cap i de nou i amb les mans buides”. 18

Notas:

  1. Elena Laurenzi, Cuadernos inacabados 16. Maria Zambrano. “Nacer por si misma”.1995. Traducción de Raquel Hidalgo. Editorial Horas y horas.

  2. Clarissa Pinkola Estés. “Mujeres que corren con lobos” Ediciones SineQuanon. Traducción de Antonia Menini. 1ª edición, octubre 1998.

  3. Clarissa Pinkola Estés. “Mujeres que corren con lobos” Ediciones SineQuanon. Traducción de Antonia Menini. 1ª edición, octubre 1998.

  4. Milagros Rivera Garretas. “Mujeres en relación”. Icaria Editorial. S.A. 1ª edición: enero 2001.

  5. Ana Belén CD “Ana” o “Ana y Victor en Vivo”. CD 1981.

  6. Ana Mañeru Méndez. Cuadernos inacabados. 43. Escuela y Educación. ¿Hacía donde va la libertad femenina? Sofías. Edición al cuidado de Mª Milagros Montoya Ramos. Editorial Horas y horas.

  7. Ana Belén CD “Ana” o “Ana y Victor en Vivo” CD 1981.

  8. Cuadernos inacabados 16. Maria Zambrano. “Nacer por si misma”. Elena Laurenzi 1995. Traducción de Raquel Hidalgo. Editorial Horas y horas.

  9. Ana Belén. “Nací en el 56”. CD “Mucho más que dos”.

  10. Proposta d’un desig. Espacio de relación donde acogemos los deseos e inquietudes de mujeres interesadas en su propia búsqueda y el amor a la vida, que está ubicado en la Librería Pròleg (Llibreria de les dones).

  11. Llibreria Pròleg. (Llibreria de les dones a Barcelona ) Calle dagueria 13. 08902. BCN.

  12. Consuelo Martín. Encuentro en el Brull. Barcelona. Diciembre de 1998.

  13. Virginia Satir. “En contacto íntimo”

  14. Teresa Cubi. Alumna y compañera de aula.

  15. Encarna Benito Alumna y compañera de aula.

  16. Adela Muro. Alumna y compañera de aula.

  17. Gloria Ribas. Alumna y compañera de aula.

  18. Poema de Maria Eurelia Capmany.

Síntesis

El trabajo en las aulas compartido con las mujeres que cada día buscan insaciables llenarse de sabiduría y conocimiento, parte de algo profundo que se ha forjado poco a poco, entretejido en una esencia de ser que se puso de manifiesto, o tomó conciencia, con el nacimiento de mi hija y también con el reencuentro con mi madre. La creatividad la entiendo como la capacidad de aprender y enseñar en libertad. Libertad femenina que nos permite darle sentido a los aprendizajes y experiencias, devolviéndolas al mundo con nuestra identidad creadora de vida y esperanza. El encuentro en las aulas es una oportunidad de devolver a la vida aquello que generosamente me da, y de recibir nuevos conocimientos que me regalan las mujeres con las que comparto el día a día. Es como un círculo que recoge todo lo que somos y lo que queremos ser, sabiendo, agradecidas, que nada somos las unas sin las otras.