El encanto de desear

Adentrarnos a reflexionar sobre los deseos, implica conocer la acepción del término desde la disciplina psicológica y humanista, ya que los deseos desde este punto de vista ocupan un lugar importante en el registro de sanación, evolución y singularidad de la persona.

Los deseos a los que me voy a referir en ningún caso son objetivos materiales o productivos desde el punto de vista capitalista; tampoco entiendo que sean caprichos y sobre esto más adelante haré una puntualización que ayudará a diferenciarlos. Los deseos que quiero presentar son aquellos que forman parte de la sensibilidad, aquellos que nos definen como personas porque están en la secuencia de los anhelos vitales, que al lograrlos, acercan a la persona a su propio proceso de autorrealización y legitiman el darse autoridad propia y son por tanto, señas de identidad.

Hablar de deseos implica atreverse a nombrarlos para darles sentido con la fuerza de la lucidez (lucidez: luz interior), con el saber re-conocerlos.

Milagros Rivera dice que hablando de libertad se genera libertad. Por eso es importante que hablemos de los deseos ya que, al hacerlo los creamos y recreamos, es decir, les damos cuerpo, consistencia. Les hacemos espacio. En muchos casos no existe lo que no se nombra.

Aquello que existe y alguien quiere que pase desapercibido, se ningunea no se habla de ello.

Los deseos no han sido bien acogidos en esta sociedad que nos envuelve. Viene de antiguo que nuestra cultura define el deseo en general como un movimiento hacia una cosa que no tenemos, por tanto, se manifiesta a partir de una carencia y esto hace que el deseo contenga la necesidad de posesión de aquello que nos falta. Así hemos creído muchas veces que mejor no desear porque es más feliz quién no lo hace, ya que eso significa que no le falta nada.

Por ello, es fácil en el contexto terapéutico encontrar personas que les cueste desear, o no pongan nombre al deseo. También en muchos casos, aquellas personas que sí saben lo que desean, pueden incluso albergar la idea parasitaria de que están en falta, de que están transgrediendo algo invisible pero inmensamente fuerte y se sienten egoístas..., culpables de desear. Y de una forma inconsciente andamos relegando al olvido de lo reprimido esas cosas deseadas, sin saber que cada una de ellas contiene un pedacito de mí que jamás vio la luz, que jamás le permití la vida.

Pero a veces la vida te revienta las costuras de la piel y el deseo se abre paso a través de todos los obstáculos convirtiéndolos en posibilidad. Poco a poco miras, escuchas y acoges los deseos que te habitan. Poco a poco, insisto, sin prisa, como gozando de algo muy propio y muy amado que está sostenido en donde se gesta la relación de mí conmigo. Y te vas dando cuenta que este atreverse a Abrazar la vida ( título de una obra famosa de la política feminista y ecologista Indira Vandana Shiva), es legítimo, te pertenece. Y empiezas a partir de sí. “Partir de sí, poner en juego en la vida la chispa divina con que es dada a luz cada criatura humana” Partir de sí. Anna María Piussi.

Esa “chispa divina”, que es singular, propia e intransferible, de cada criatura humana, de cada mujer. Así mi identidad tiene en los deseos unos aliados fieles que me representan porque desear no es un capricho. Los caprichos, “esas ganas” a caballo entre lo compulsivo y la apetencia fácil, pasajera, que puede amortiguar el ruido del alma mientras se queja de la falta de algo auténtico con lo que vibrar, pero que en ningún caso será suficiente porque los caprichos no tienen energía de continuidad, son una secuencia de corta duración, es decir, se agota su capacidad de darnos satisfacción de forma inmediata en el mismo momento en el que se consume el propio capricho.

El deseo, en cambio, anda de la mano de la intuición que te sopla al oído lo que necesita el alma para nutrirse de vida, de saber, de gozar, de sentirse ser… para aproximarse a la esperanza y vivir desde una secuencia de entusiasmo-interés-motivación-ilusión-contento-pasión.

Desear es crear-se, desear es atender de forma fiel lo que yo soy, lo que yo siento. Cuando me atrevo a darle autoridad al deseo tejido en mi, se pone en marcha un estilo definido de darse en la relación y en la búsqueda. Por eso podemos definir el deseo como una política del ser para poner en juego en todas las relaciones lo que una mujer quiere. Lia Cigarini.

Tampoco este deseo que describo se identifica con la ilusión fácil, televisiva y propagandística. Los deseos no son fruto de algo producido fuera de mí. Los anuncios nos venden ideas falsas de adquirir lo que “supuestamente” deseamos para conseguir así todos “nuestros sueños”...; sin embargo seguir estas trampas del consumismo en boga sólo me apartan de mí, sólo alimentan el entrar en traición. No puedo desear lo impuesto, no puedo vivir los deseos de otro, otra. En realidad esto es un espejismo mortal que impedirá el reconocimiento de los deseos propios cultivando así el malestar, la ansiedad o el sin-sentido. De aquí que los deseos no propios (que en realidad no los entiendo como deseos sino como trampas del patriarcado), se agotan en tanto en cuanto están conseguidos como le ocurre a los caprichos, porque frutos de esa alucinación se desvanecen de inmediato sin fuerza que los nutra para seguir adelante.

Los deseos a los que aquí hacemos alusión y que ya hemos comentado que vienen de la mano de nuestra intuición, tienen la fuerza de diseñar nuestro itinerario vital, es decir, nos hacen escoger. Escoger es vivir de una forma determinada, reafirmar y entender nuestras formas de seleccionar y definirnos, de situarnos ante el mundo desde una posición singular, desde la capacidad de dar autoridad a aquello que yo produzco y gestiono en mi intimidad. Esto me proyecta al exterior de esa forma concreta que hará que me reconozca en cada huella que vaya dejando tras de mí, porque siempre pisé donde elegí pisar desde mi libertad de ser y atender mi inquietud.

 

Es un ir construyéndose poco a poco.

Los deseos entendidos desde esta perspectiva, están al otro lado del malestar. Desear no es fácil, requiere “mirarse”, “escucharse”… requiere intimidad y cuidado de la propia relación.

En mi experiencia personal junto a las mujeres con las que comparto el espacio del aula o la consulta terapéutica, y también observando mi propia vida y mis relaciones, voy constatando un claro deseo, con diferentes formas de expresión, pero al fin y al cabo el mismo: encontrar sentido a la existencia, dejar de vivir cumpliendo expectativas externas y dejar de atender a presiones de un orden social que no pone atención en los afectos, en la relación, en las emociones.

Transcribo a continuación algunos de los deseos que un grupo de mujeres, alumnas de un taller que se realizaba en la librería Pròleg, dentro del espacio”La proposta d’un desig”, manifestaron como importantes y propios, y que creo reflejan lo que acabo de exponer.

Deseo poder pensar en mi sin sentirme culpable o egoísta

Deseo conocerme lo suficiente como para saber qué me hace falta para estar satisfecha, para sentirme plena

Deseo tener claro lo que deseo porque soy muy consciente de que no lo sé

Deseo vivir a fondo la vida a pleno pulmón y a veces me falta el aire

Deseo escoger la vida y no la muerte en vida

Deseo relacionarme con gente que me entienda y me haga aprender

Deseo comprender el mundo en el que vivo y del que muchas veces me siento ajena.

Deseo ser yo misma sin miedo a que me dejen o me juzguen

Deseo ser libre pero en realidad no sé por donde empezar, sé que hay cosas que me encadenan pero no estoy segura de saber cuales.

Como se aprecia en esta relación de deseos todos tienen puntos de conexión, de semejanza, todos se orientan hacia un estilo de vida concreto, profundo e interior. Es decir, el deseo de acoger la vida desde los adentros, desde las entrañas donde reside lo entrañable. “Entrañas ignoradas de mujeres, de nosotras, en busca del bienvivir. Profundo viaje en torno al deseo de éstas que aquí-ahora somos” nos dice preciosamente Ana Martínez Pérez desde su libro Taller de las cuatro estaciones.

Son estos, deseos de vivir con conciencia de hacerlo.

Nosotras, las mujeres, tan lejanas a veces de ese nosotras que ahora nombramos como significativo de ser con identidad, tan sin saber de nuestras honduras, tan distantes de nuestros propios sentimientos. En huida de nuestra propia versión de nosotras mismas, y sin embargo, a la vez buscándonos.

Buscándonos en el viaje de los deseos como única forma cabal de viajar: Buscar-buscándonos, transformar-transformándonos. Que no hay viaje que hagamos que no nos haga”, sigue diciéndonos Ana Martínez.

Puede pasar que delante de la pregunta ¿cuál es mi anhelo más grande?, la persona en cuestión se conteste muchas ....., muchas cosas. Este desearlo todo, a menudo, no es más que una forma de esconder un no saber. Esta falta de concreción de lo que es importante para una, puede hablarnos de esta dificultad que tenemos a la hora de conectar con el deseo propio, interno, vital, genuino.

Escuchar este deseo es por tanto, una forma de hacernos cargo de nosotras mismas, personas libres y responsables de nuestros actos, porque no podemos elegir lo que nos pasa, pero sí cómo debemos comportarnos ante lo que nos pasa. Así el deseo implica exponerse, ponerse en juego.

Un deseo es una criatura: es nuestra creación. Y como toda criatura, necesita de nosotras, ¡muchas cosas¡ para empezar nuestra presencia integra y generosa, incondicional, como en un momento dado tuvimos la presencia de la madre.

Un deseo como la criatura, antes no existía, le damos vida a partir del interés, de nuestro afán, de nuestras ganas, de nuestra entrega. Necesita alimento, atención, tiempo, paciencia. En una palabra: amor. Ya que como todas las criaturas, no puede vivir sin amor, se mueren. O lo que es peor: los dejamos morir en una asfixia que se transforma en malestar tarde o temprano.

A veces, escogemos no desde el placer y el deseo, sino desde la reacción, como compensación por haber dedicado tiempo y energía a trabajo, quehaceres, obligaciones..., que no nos satisfacen y a cambio nos “regalamos” alguna cosa con el fin de satisfacernos. Pero con esto no hacemos más que mantener el círculo vicioso. No hago lo que deseo, pero para compensarlo me regalo tal o cual cosa.. que son sucedáneos del deseo pero que no pasan de ser esos caprichos que ya hemos mencionado.

Maria Giovana Piano "En Hacerse Institución de" (Saber que se sabe 135), nos dice:

Emerge el deseo de mirarse dentro y de dejarse aflorar, la idea de viaje, movimiento, para expresarse, existir.

P risioneras de una vida imaginada, porque el choque con el trabajo de vivir, el cansancio del trabajo de las mujeres, la constricción y el yugo de la realidad pesan.

Del nudo de roles, de la multiplicidad de imágenes por las que somos interpretadas emergen, de todas formas, palabras verdaderas, empiezan a tocarse deseos y sentimientos no dichos: si busco la verdad me encuentro con mi ser mujer, me siento todavía dubitativa y sola, soy yo conmigo misma, con el placer y el temor de hablar de mí, pero empiezo a mirar y a escuchar a las demás mujeres.

O bien el quedarse aparte, y mirar, soñar permaneciendo

La soledad aparece cubierta por ese manto que teje la sociedad en forma de obstáculo a dejarse ser en libertad.

Así es aunque no siempre los deseos son acompañados, ni tan siquiera son en muchas ocasiones, comprendidos o escuchados. Tal vez porque como nos dice Milagros Rivera en su libro “Mujeres en relación”: “el deseo desequilibra siempre, deseo que hila y teje en torno a sí una política”. La que antes hemos mencionado como política del deseo de Lia Cigarini. Esa política tiene un orden propio, que se abre camino en donde la vida tiene sus principios, por eso sigue diciendo Milagros: el deseo porque desequilibra es siempre trascendente, impulsa más allá de lo que es y de lo que hay hasta el momento, más allá de lo que he visto y oído.

La vida es un nacer continuamente, en palabras de Maria Zambrano: “nacer por sí misma”. Pero en ese ir pieza a pieza construyéndose no podemos olvidar, porque somos memoria y debemos reconocer que estamos aquí, ahora, con ese bagaje que configura nuestra historia y que es desde ella misma donde nacen los deseos de hoy. Aprender de lo vivido. No puede ser de otra forma. “Hilo para tejer lo de antes con lo de ahora. Que no falte, que no se rompa, que podamos seguir siempre tirando de él....” nos dice Carmen Martín Gaite. No podemos ser presas de nuestras nostalgias y dolores mostrándonos víctimas y así verdugas de nosotras mismas, pero tampoco debemos menospreciar lo vivido. Debemos aprender de cada cosa, de cada instante, y es en ese saber donde se gestan, donde se acunan los deseos nuevos, evolucionados, como nosotras, como la vida.

Hay que llegar a la cima, arribar a la luz,
Darle un sentido a cada paso,
Glorificar la sencillez de cada cosa,
Anunciar cada día con un himno.
Hay que subir dejando atrás el horror y los fracasos,
Arrastrarse y horadar la piel para ascender
Y cuando por fin lleguemos a la cumbre
Entonces... darnos la vuelta
Y estirar las manos hacia abajo
Para ayudar a los que quedaron rezagados.

Hamlet Lima Quintana.


Vemos a través de estos versos como este proceso de superación nos da sentido a la vida y deseos de compartir lo aprendido.

De esta forma nos damos autoridad. Autoridad ésta, concreta y definida. No relacionada con el patriarcado que la basa en la jerarquía, en la fuerza, en el poder, en la manipulación, en los intereses políticos y económicos. Autoridad que remite por tanto a un orden social que somete y que se rige por criterios de lo que debo hacer, de las obligaciones, de lo que se espera de nosotras, que implica obedecer. La autoridad femenina ligada estrechamente a este desear la vida, está lejos de este modelo ya que parte de la palabra autora/autor, alguien que crea. Alguien que crea la propia existencia, que se crea a sí misma/o.

Alguien que estructura sus valores en un traspaso de lo heterónomo (heredado sin cuestionar de un/a otro/a), a lo autónomo y propio. Un orden de prioridades singular cuyas normas son elegidas desde el discernimiento, la libertad y el cuidar la vida. Donde la creatividad se desarrolla y se extiende impregnando la vida cotidiana de goce, de disfrute y de conocimiento. Creatividad que no se conforma con ser consumista de la cultura a su alcance, sino que crea una cultura propia a través del pensamiento original, de la palabra escrita o de la palabra convertida en diálogo constructivo y enriquecedor. Creatividad que se nutre de la belleza de inventarse los días y de zambullirse en la propia naturalidad y el propio reconocimiento, dando importancia a aquello que siento que la tiene.

Victoria Sendón de León, hace unos años nos regalaba una charla en la que exponía la diferencia entre lo urgente y lo importante, ella sostenía que lo urgente está del lado de la necesidad y lo importante del lado del deseo. Inmersas siempre como estamos en las dicotomías que separan el mundo, parece entonces, que la necesidad y el deseo transcurren en dos líneas paralelas que nunca se encontraran, sin embargo Victoria mantiene la idea de crear en medio el camino de lo posible, rompiendo así esas líneas condenadas al desencuentro para transformar la vida en un camino con diferentes bifurcaciones, dejando espacio al instinto, a la intuición y a la originalidad para hacer las diferentes combinaciones que puedan surgir.

En este orden se torna necesario contemplar el tiempo. Este tiempo que mencionamos de forma continua que nos falta. El “no tengo tiempo” forma parte del tiempo del cronos, ocupado éste en aquello que tiene que ver con el reloj, con lo que es práctico, rentable, con lo que es productivo. Así no tenemos tiempo de cuidar las emociones, las relaciones, el silencio, los afectos, porque esto forma parte del tiempo del Kairós , tiempo de las estaciones del año, donde hay primavera, y también otoño donde llega el calor, el frío, el día y la noche. Un tiempo donde no se confunde lo urgente con lo importante porque se le abre espacio a la dimensión humana del compartir, de amarse, de crecer y aprender, de sentirse ser y regalarse. Milagros Rivera desde su libro “Mujeres en relación”, define el tiempo del cronos como el tiempo que se mide con dinero y con prisas; el tiempo del Kairós, es el tiempo donde reside el significado de la vida, los momentos del sentido, que en palabras de Virginia Wolf serían los momentos del ser. Y nos explica Milagros que este es el lógico significado del refrán “el tiempo es oro”, el oro que se halla por ventura entre innumerables e indistintas unidades de arena..

Al fin cuando entramos en lucidez, cuando somos conscientes de lo verdaderamente humano, apreciamos a las personas que regalan humanidad y nos apuntalan en el vivir y de alguna forma, hacemos nuestro el deseo de ser así como nos dice esta poesía:


Hay personas que con sólo decir una palabra
Encienden la ilusión y los rosales,
Que con sólo sonreír entre los ojos
Nos invita a viajar por otras zonas,
Nos hacen recorrer toda la magia.

Hay gente que con sólo dar la mano
Rompe la soledad, pone la mesa,
Sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
Que con sólo empuñar una guitarra
Hace una sinfonía de estar en casa.

Hay gente que con sólo abrir la boca
Llega hasta todos los límites del alma,
Alimenta una flor, inventa un sueño,
Hace cantar el vino en las tinajas
Y se queda después.... como si nada.

Y una... una se va, de novia con la vida,
Desterrando la muerte solitaria,
Porque sabe que a la vuelta de la esquina
Hay gente que es así, como tu, tan necesaria.

Hamlet Lima Quintana.

Hay que atesorar, pues, ese tiempo significativo, ese estilo de vivir. Pienso que nos vamos dando cuenta de que no podemos conseguir ser en libertad y rendir homenaje al deseo que se produce en nuestro más hondo hueco de intimidad, si no valoramos el tiempo, ya que al fin y al cabo eso que llamamos vida no es más que la suma de todos los instantes.

“Como pasa el tiempo que de pronto son años..” canta Silvio Rodríguez, recordándonos que ningún día se repite y que todos los días pasan rápidamente, uno tras otro.

Por tanto el deseo contemplado desde la esencia del ser, desde el aviso claro y certero de nuestra intuición, del darse autoridad en el tiempo del Kairós y desarrollando la creatividad al servicio del sentido de la existencia, nos define claramente y nos da identidad. De la identidad nos habla a través de una canción Ana Belén:

Sentada en el andén
Mi cuerpo tiembla y puedo ver
Que a lo lejos silva el viejo tren
Como sombra del ayer
No será fácil ser
De nuevo sólo corazón
Siempre había sido una mitad
Sin saber mi identidad
No llevaré ninguna imagen de aquí
Me iré desnuda
Igual que nací
Debo empezar a ser yo misma y saber
Que soy capaz
Y que ando por mi pie
Desde mi libertad
Soy fuerte porque soy volcán
Nunca me enseñaron a volar
Pero el vuelo debo alzar.......
No llevaré ninguna imagen de aquí
Me iré desnuda igual que nací
Debo empezar a ser yo misma
y saber que soy capaz y
que ando por mi pie
desde mi libertad
soy fuerte porque soy volcán
nunca me enseñaron a volar
pero el vuelo debo alzar

Libertad, identidad…, palabras íntimamente ligadas al deseo.

En el libro: “Traer al mundo el mundo”. Icaria. Nos dice Diana Sartori en su artículo titulado “El por qué Teresa”, donde expone preciosamente el pensamiento y vivencia de Teresa de Jesús: “Teresa es una mujer de grandes deseos y en diversas ocasiones defiende la utilidad de nutrir deseos grandes, de no contentarse con ser “almas pequeñas”, poniendo en guardia contra esa “falsa humildad” que padecen de modo especial las mujeres. Éstas tienen tendencia a dejarse llevar demasiado por el miedo, prestando demasiada atención a las reticencias del intelecto y de la debilidad, y a comportarse pusilánimemente, aduciendo la existencia de mil dificultades y una “humildad fuera de lugar, totalmente inoportuna”. Teresa replica a estas reticencias invitando a sus monjas a lo que llama “una santa presunción” que, lejos de negar la humildad, ayuda a crecer en su ejercicio”.

Teresa reivindica por tanto la necesidad de desear y hacer realidad esos deseos como necesidad del alma, donde asegura que habitan y dice: “cuando el deseo no está vinculado con nada, se imagina absoluto, suelto, independiente, y no se dirige espontáneamente a lo real; se cae entonces en el peligro de la imaginación. Una se vuelve, así, melancólica”. Entiendo que estas palabras ponen orden en diferentes cuestiones principales en el ámbito terapéutico donde caben a la perfección:

Un alma sin deseos no hace buen uso de su libertad, de hecho no sabe a dónde dirigirse y queda sumida en una inercia que con frecuencia la arrastra a seguir deseos no propios e invisibilizar los que sí lo son.

Hay un desgaste en ese dejar morir deseos que se encuentra directamente en el tanathos (muerte) y nos aparta del Eros (vida).

Ahondar en mí es querer encontrar un verdadero sentido a la vida ya que ahí reside el centro que contiene todo lo que verdaderamente soy. No conocerme es un desplazamiento de si que genera abandono y sentimientos de desamparo.

Las aptitudes, creatividad y anhelos no desarrollados y reprimidos ya sea inconscientemente o no se convierten en neurosis, ya que la persona destruye su capacidad de realización de la propia existencia.

Quisiera hacer de nuevo hincapié en que la acepción de la palabra deseo que presento es concreta y nada tiene que ver con saciar un gusto superficial, ni tampoco con la idea de carencias no satisfechas que se convierten entonces en algo obsesivo por postergado, sino con un movimiento enérgico de la voluntad que genera una carga motivacional hacia delante, dando sentido a lo que hacemos. Eduard Punset en su libro “El alma está en el cerebro”, afirma:

El deseo nos saca de nosotros mismos, nos desubica, nos dispara y proyecta, nos vuelve excesivos, hace que vivamos en la improvisación, el desorden y el capricho, máximas expresiones de la libertad llevada al paroxismo. El deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización, la libertad. Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo. El deseo de vivir y de hacerlo a su manera. Por eso sus autobiografías son más descriptivas que explicativas, pues sus vidas no tanto se deben a los resultados u objetivos cumplidos, sino al sentido inherente al mismo proceso de vivir. Y este proceso, de uno u otro modo, lo establece siempre el deseo. Si bien el deseo rebosa incertidumbre acerca del itinerario, a muchas personas les garantiza la seguridad en cuanto a los pasos dados. Bien entendido que el deseo no es una voz oscura, confusa y estúpida, sino que - en una persona madura - es luminosa, clara e inteligente. Las emociones están en la base de los deseos y de la inteligencia se dice que es emocional. Visto de este modo, el deseo se convierte en el portavoz de uno mismo”. De acuerdo con estas precisiones que hace el autor sobre el deseo, añadir que los deseos configuran un universo psicológico que define también lo que nos es grato, lo que nos gusta y por tanto lo contrario a lo que nos disgusta. Esto nos hace ver que si lo que nos gusta define cómo somos, es evidente que marca lo que nos provoca un displacer, un disgusto y que esto también habla de nosotr@s. De ahí la importancia de entender la asociación entre deseo y seña de identidad. La singularidad, las peculiaridades, los rasgos de extravagancia, los matices diferenciadores de nuestra personalidad van directamente unidos al deseo y todo lo que en él se fragua, ya que reside en una secuencia de intimidad donde sólo la persona que desarrolla ese deseo habita.

Se trata pues de intentar convertir el obstáculo en posibilidad. Posibilidad de vivir y ser.

Un deseo es una secuencia de larga duración dividida en tres espacios diferenciados: el primero cuando la persona conecta con una idea por primera vez y le produce un impacto emocional determinado. Le despierta interés, cierta inquietud positiva. Esta idea puede desaparecer momentáneamente para volver a aparecer después con más cuerpo y poco a poco irá así tomando forma el deseo. En este primer espacio quizás intervienen los sueños. Muchas veces son portadores de cuestiones importantes que residen en primera instancia en nuestro inconsciente y a través de los sueños pasan al consciente. También en esta primera etapa la intuición es una gran protagonista indicándonos el camino sin demasiadas explicaciones, a su modo, sólo mostrando que hay que ir hacia una dirección aunque no nos diga el por qué. El segundo espacio da nombre al deseo. Se le ha permitido convivir lo suficiente en nuestro interior hasta tener forma concreta y poderse nombrar, y de esta forma empezar la acción hacia el logro anhelado.c El tercer espacio es la consecución propia del deseo y el rastro que deja tras de si, ya que una vez ha sido consumado vivimos de una especie de renta emocional, que nos transmite un goce al recordarlo y por lo tanto se prolonga la satisfacción vital al respecto.

La etimología de la palabra deseo es muy interesante. Del latín “desiderare”, palabra que se compone de “sidus”, sideris”, con el prefijo “de” que significa: mirar los astros. Por tanto y según José Antonio Marina, con quién coincido: la palabra deseo significaría “seguir –mirar el astro que me ilumina”.

Es mi deseo, que todas las personas presentes en esta conferencia, sigan los astros que iluminan su camino.