El alma de las mujeres

 

Quiero daros la bienvenida y expresaros mi agradecimiento por veros hoy aquí compartiendo conmigo. Yo siento que el agradecer le da sentido a la vida y por eso daros las gracias no es para mi un acto protocolario, sino simbólico de relación. Agradecer implica ver una parte de la alteridad reflejada en un acto, en una palabra…, agradecer es también un paso hacia la felicidad porque requiere un reconocer previo, de un privilegio que ha llegado a nuestra vida de la mano de otra persona que nos lo brinda. Agradecer nos permite amar como es y lo que es, porque es mirar desde el alma lo que se nos otorga más allá de lo que pudiera ser un derecho.

Espero que podáis disfrutar de esta conferencia como yo lo he hecho preparándola. Os contaré como tuvo lugar el nacimiento de este encuentro que hoy compartimos, porque los nacimientos siempre son importantes y al explicarlo algo de júbilo nos invade.

Hace un par de meses recibí un email de Montse Campins, una mujer a lo que yo no conocía. Me comentaba que se ponía en contacto conmigo porque “alguien le había hablado de mí”. Un “alguien” que nunca he sabido a ciencia cierta quién fue, sólo estoy segura de que fue una mujer quien le habló de mi sugiriéndole que yo podría ofrecer esta conferencia. En su email Montse me explicaba que había hecho una exposición de 90 fotos todas de mujeres que compartían su nombre: María. Mujeres de diferentes edades, procedencias y estilos de vida pero con ese punto en común. A su vez a todas les había hecho una serie de preguntas cuyas respuestas aparecían al lado de las fotografías con el objetivo de expresar las similitudes de las mujeres, nuestras evidentes semejanzas.

Todo lo que Montse me explicaba me interesó, me apetecía de entrada ver esa exposición y hacerle unas cuantas preguntas ¿por qué el nombre de María? ¿Por qué estas preguntas concretamente? ¿Qué querías conseguir o enseñar?, quería además leer las respuestas de esas mujeres a preguntas como: qué es lo más importante de tu nombre; cual es tu sueño; qué cambiarias de tu vida…etc.

Con todo esto en la cabeza llamé a Montse y la escuché atentamente, así que cuando me dijo:

me encantaría que ofrecieras una conferencia hilando mi exposición…

Evidentemente mi respuesta fue

Si claro, sin duda.---

¿Y como crees que se podrá llamar la conferencia?

“el alma de las mujeres”--- contesté sin pensarlo dos veces.

Montse se emocionó porque según me explicó se sintió muy identificada con ese nombre ya que reflejaba lo que ella quería trasmitir y a mi me encantó su reacción porque fue el nombre que a mi me había brotado “del alma”.

La complicidad entre nosotras ha sido un regalo. Hemos disfrutado juntas preparando todo esto y nos hemos sentido afortunadas de que “las recetas de relación” (aprendí a llamar a la magia de nuestras recomendaciones de esta forma gracias a mi amiga Núria Beitia, que hoy no está aquí pero os aseguro que sí que está), es decir esas recomendaciones que tenemos costumbre de hacernos entre nosotras las mujeres, funcionen tan bien. Reconocimos las dos que esto tiene que ver con esas cosas que compartimos y que sin duda nos resultan propias. Nos solemos dar confianza y autoridad y nos fiamos con mucha frecuencia de lo que una amiga nos recomienda y eso da lugar a cosas estupendas como el que nosotras nos hayamos conocido, que yo haya escrito esta conferencia y que estemos aquí hoy esta tarde todas juntas.


Y DIOS ME HIZO MUJER

Y Dios me hizo mujer
De pelo largo,
Ojos, nariz y boca de mujer.
Con curvas
Pliegues
Y suaves hondonadas
Y así me cavó por dentro,
y me hizo un taller de seres humanos
Tejió delicadamente mis nervios
Y balanceó con cuidado
El número de mis hormonas
Compuso mi sangre
Y me inyectó con ella
Para que irrigara
Todo mi cuerpo;
Nacieron así las ideas,
Los sueños,
El instinto.
Todo lo creó suavemente
A soplidos de amor

Las mil y una cosas que me hacen ser mujer todos los días
Por las que me levanto orgullosa
Todas las mañanas
Y bendigo mi sexo

Gioconda Belli

 


CONFERENCIA

EL ALMA DE LAS MUJERES

Cuando preparaba esta conferencia, amparada por el deseo de Montse Campins de que la ofreciera en el contexto de su exposición de fotografías sobre las mujeres que comparten el nombre de María, me asaltaba la duda de cómo empezar, de qué decir…, ese miedo femenino que tiene que ver con el deseo de agradar, de no decepcionar, de hacerlo bien. Miedo que antes sólo asociaba a la inseguridad y que poco a poco he ido descubriendo que en realidad tiene que ver con el amor a la relación. Es decir, en ese afán de “hacerlo bien”, no hay sólo la necesidad neurótica de gustarle a todo el mundo, sino de ofrecer algo digno a las personas que nos importan, de mostrarles una parte agradable, buena e inteligente de nosotras. Es algo así como cuando si esperamos invitadas/os, preparamos nuestra casa y nuestra mesa con la intención de acoger y de demostrar nuestro deseo de compartir. Así que desde el amor a la relación y con él, el interés de que mis palabras fueran interesantes y transmitieran algo válido me puse a pensar, a sentir y a escribir. Y lo primero en lo que anduve entretenida fue en la fuerza de las palabras, en mi amor hacía ellas y una búsqueda feliz de las adecuadas.

Hay palabras que seducen el intelecto y atrapan de alguna forma una parte de nuestra sensibilidad. Una conecta con ellas de forma especial. Hay una suerte de sintonía que tiene que ver con lo que reside dentro...con lo íntimo... que no es fácil de concretar. La palabra alma produce en mí estos efectos. Su sentido etimológico me provoca emociones, me atrae... no me deja indiferente. Procede del latín ánima, que significa soplo-vida y que tiene el mismo significado que para los griegos la palabra psyche, que se relaciona con el espíritu, con el centro de la oquedad interior... con la parte más próxima a trascender....

En cuanto a la segunda parte del título, es decir, a dirigir la conferencia en concreto al alma de las mujeres y no en general de las personas, incluyendo por tanto también el alma de los hombres, es obvio que uno de los motivos fue que Montse Campins había retratado el alma femenina y que por tanto a ella me tenía que referir.

En algunas culturas no occidentales más próximas a cuestiones no tangibles y con creencias diferentes a las nuestras, mantienen la idea de que cuando fotografías a una persona atrapas de alguna forma una parte de su alma. Se refieren a que en esa fotografía queda para siempre algo de la energía de la persona retratada y por tanto una huella de su identidad. Creo que esto es cierto, las imágenes tienen una dosis de energía al igual que los objetos. Y por esta razón enlacé la idea de las fotos con las almas.

Otra cuestión por la que hablaré sólo del alma de las mujeres es porque considero sinceramente que no es igual que la de los hombres. No es mejor ni peor. Pero sí distinta. Explicaré a lo largo de mi intervención porqué así lo creo, pero no lo haré en ningún caso como si presentara el fruto de una investigación científica. Lo haré justamente desde el alma. Desde ese alma que comparte complicidad con la del resto de las mujeres de las fotografías, las que están en esta sala, las conocidas y queridas. las que pasaron por mi vida, las que están por venir... y las que nunca conoceré. Estoy convencida de que hay un entramado de hilos invisibles que une el alma de todas y que por ello la historia de las mujeres tiene muchos puntos en común sea cual sea su procedencia, edad, circunstancia... definida de algún modo incluso antes de nuestro nacimiento.

Y la última razón que me convoca el deseo de hablar de las almas de las mujeres, es porque yo soy nacida de mujer: mi madre, a la que debo además de la vida el regalo de la lengua materna con la que hoy puedo hablaros. También porque yo soy mujer.

En muchas épocas y culturas se puso en duda la condición humana de la mujer. Se usó y abusó de ella como un objeto cualquiera. Los hombres, en ciertas civilizaciones, no estaban convencidos de que la mujer fuera enteramente una criatura humana, y en el Concilio de Mâcon, en el siglo IV de nuestra Era, se discutió frenéticamente si acaso la mujer tenía alma, habiéndose resuelto la cuestión por una escasa mayoría.
 
Durante siglos fueron pocos los que cuestionaron la inferioridad de la mujer, incluso hubieron quienes suponían que el cerebro femenino era más pequeño que el del varón. En la Edad Media, los teólogos (todos ellos hombres) discutían incluso si las mujeres eran seres humanos -¿Tienen un alma, o eran más equiparables a los animales superiores, como los caballos y perros?-. Las mujeres mismas interiorizaron estas actitudes y creían en ellas o las aceptaban.
 
Sin lugar a dudas, la sociedad patriarcal se aprovechó de estos valores ético-morales promovidos por la veneración a la Virgen María y su imagen, para conservar los valores tradicionales relacionados con los valores machistas de la sociedad, como la castidad, obediencia y sumisión; más todavía, estos arquetipos permanecen latentes en el subconsciente colectivo, puesto que se sigue nombrando a Eva cuando se trata de censurar la conducta de las mujeres que no aprecian la “limpieza moral” o se rebelan contra el sistema patriarcal en defensa de sus legítimos derechos.

La procedencia etimológica del nombre María es del latín que significa «mar» y “llanuras bajas de la Luna”, me encanta este misterio revelador que viene de la mano de ir descubriendo la vida secreta de las palabras como diría Isabel Coixet…, me parece hermoso que un nombre signifique mar y llanuras bajas de la luna…, aunque la tradición cristiana nos la ha dado a conocer como la madre de Jesús de Nazaret según los evangelios. En cuanto a la palabra Virgen encontraremos muchas definiciones de diccionario que la relacionan con la mujer que no ha mantenido relaciones sexuales. En la tendencia que una tiene de singularizar lo que aprende para que tenga sentido propio y la pasión de bucear los significados, aprendí una vez que María significa que “Hay alguien desde el más allá que cuida de ti y te protege”, esta definición se acercaba más a lo que se puede quedar a vivir conmigo.

El Nombre es un atributo de la personalidad que consiste en el conjunto de palabras que sirven para identificar e individualizar a una persona. En el caso de María creo que además de esta característica de dar singularidad a la persona nombrada, también guarda al amparo de las cinco letras que componen la palabra, una de las conexiones del alma de las que antes he hablado que nos une de alguna forma a todas las mujeres. Las que se llaman simplemente María, a todas a las que María precede a un segundo nombre, e incluso también a aquellas que no es así, puesto que es frecuente escuchar como al hablar de las mujeres en general, se utilice la expresión: “esto es cosa de Marías”, “esto es de las Marías”...etc., expresiones que también se usan con carácter todavía más peyorativo al decir “marujas”.

Conozco muchas mujeres que a pesar de tener el nombre compuesto y llamarse María Rosa, María Dolores, Mari Carmen, etc... finalmente las llaman sólo María... el segundo nombre no tomó cuerpo y en algún lugar de su historia se difuminó y se recupera sólo en trámites burocráticos como nombre formal pero no como nombre sentido.

Otras, como es mi caso, nos quitamos con los años el Mari o María que acompaña a nuestro nombre, y un buen día reivindicamos que se nos diga a secas y a solas: Carmen, Rosa o Dolores. Sin embargo esta reivindicación poco o nada tiene que ver con que nos guste o no el nombre de María, sino más bien con legitimar nuestra libertad, es una forma de enseñar al mundo que nos rodea que hemos crecido y cambiado, que tenemos voz y voto y que somos capaces de decir: no me llames así que no me gusta. Es un modo de cerrar una etapa y abrir una nueva, como en el intento de desprenderse de todo lo que tal vez nos acompañó durante años y de lo que llegado ese momento deseamos despedirnos.

Si viejas a países de culturas diferentes a la nuestra, es muy frecuente que con la pretensión de venderte una alfombra, una tetera o un surtido de especias, te reclamen con el nombre de María, seguros ellos de que siempre van a andar muy cerca de acertar... y así nos aglutinan a todas bajo este santo y seña.

Todo esto confirma que de alguna forma María es un nexo femenino que se las arregla para estar en nuestras vidas de un modo u otro, configurando así una diferencia con el alma de los hombres que no tienen este trasiego con ningún nombre propio por muy popular y compartido que sea.

Y así, nosotras, las Marías, empezamos a tejer el cálido manto de nuestra alma con muchas similitudes, unas profundas y del orden de las entrañas donde reside lo entrañable, otras más externas, más de las afueras.... más de exponerse al sol y al aire.

Citaré unas cuantas de estas similitudes sacadas como he mencionado antes de una experiencia sentida en mi alma, experiencia compartida con otras mujeres que me han regalado un trocito de la suya a través de lo aprendido con ellas, a través de la generosidad de sus dones entregados...

Una similitud de las afueras por ejemplo es que todas, o casi todas, compartimos la pasión por llevar colgado en nuestro hombro un bolso que acoge múltiples tesoros personales. Hace justo una semana Juana Castro me hizo reflexionar sobre ello cuando la escuché recitar un hermoso poema en honor a este trozo de piel, de lona, de escay o de rafia que tan orgullosas lucimos pegados a la derecha o la izquierda de nuestros cuerpos....

Tú los ves ahí colgados, tirados y dices
vaya cosa, son cosa de mujeres, tonterías.
Lo llevan para meter el pintalabios,
el móvil, quizás una compresa. Y te olvidas.
Pero ellas no olvidan. Lo llevan como un gato,
como el fiel compañero, como su santo y seña,
como su claro exlibris.
Te equivocas si crees, en tu inocencia, que esa cosa de rafia o de piel beige,
sirve para tener a mano el colorete, las llaves o el perfume.
Yo lo he visto de noche.
Esa cosa respira, es una megalópolis,
no está quieta por dentro, es multiforme y crece.
A la hora del pan huele a cerveza
y cuando está nublado
te puedes encontrar con que ahí dentro
hay una hija, un sol o unas tijeras
de robar rosas rojas.
Ahí, he visto amanecer los pájaros cantando
y había un abanico para un novio
y una estrella de miel para la madre.
En el rincón azul, las gafas de coser,
las recetas del padre que hoy salieron del ambulatorio,
la muestra de tela ---preciosa--- que le dio el tapicero.
Al fondo la novela, la última, de Doris Lessing
y el bono de 10 horas del gimnasio.
Por ahí pasa un río,
pasa el día,
la música, la niebla….
Esa cosa, mi bolso….. que va a dar al mar.


Queda claro en este hermoso poema de Juana Castro que los bolsos tienen mucho que decir. De alguna forma reflejan un poco nuestra personalidad: pequeños, grandes, discretos, extravagantes… ordenados, repletos, ligeros…o de peso imposible… ; nos desesperamos un poco si los perdemos de vista y guardamos en ellos más de un pequeño tesoro personal…

De la misma forma que andamos con los bolsos colgados al hombro como si hubiéramos nacido así con ellos, colocados perfectamente en su sitio…. andamos a cuestas con nuestro amor a la relación. Amor a la relación que está en el ámbito de las similitudes de las entrañas…. de lo profundo….

Amor a la relación que parte de la maternidad. De hecho la madre es garantía de relación. Victoria Sau nos dice: “La madre es la primera garantía de sociedad y su propio nombre ya indica que son por lo menos dos.”

La primera vez que leí esta frase me conmovió profundamente y todavía consigue removerme. La evidencia de que como madre ya no seré nunca más yo sola, es una evidencia grande y sobrecogedora. Es fascinante y en cierto modo apabulla. Pero la reconozco como propia y como cierta. En mi caso que tengo un hijo y una hija, seré siempre por lo menos tres…

¿Cómo puede una ir por la vida siendo tres y no amar la relación? Nuestro cuerpo sexuado mujer, nos invita, nos coloca, nos predispone, nos lanza, nos propone…. a entrar en relación.

Como sostiene María Milagros Rivera,
El cuerpo de mujer nace con una facultad suya propia que es su capacidad de ser dos. Esta capacidad es tan delicada y tan rica y vital que ha generado una maraña inmensa de opiniones, mandatos, prohibiciones, etc., que todo el mundo conoce, y que han tapado lo que es, en mi opinión, lo principal: su abrir el cuerpo femenino a lo otro, a lo más otro que hay que es otra vida, otro cuerpo, un cuerpo imprevisible. El cuerpo femenino está abierto a lo otro tanto si ella decide o acoge ser madre, como si no, pues el cuerpo señala, no determina”.

Es cierto y necesario reconocer que la maternidad no es sólo esa parte de milagro y de goce infinito que configura la relación sin fin entre una madre y sus hijas e hijos; también en el seno de esta relación, como en todas, se haya un núcleo de conflicto o dificultad, a veces de desencuentro, que empaña nuestro paisaje psíquico de preocupación o tristeza, también de decepción y desencanto. Rescatando de nuevo a Maria Milagros Rivera, ella expone en una sola frase la ambivalencia que sostenemos en la maternidad cuando dice: “ser madre es algo que vale la pena, pero de ésta también hay mucha”

Qué duda cabe que en ese compartir alma incluye que sostenemos sobre ella el peso de la distorsión que ha hecho el patriarcado hacia las madres y lo que de ellas se espera. Nos crean por un lado la imagen idealizada de que amamos incondicionalmente y que lo hacemos más que ayer y menos que mañana, para ir descubriendo nosotras, en el quehacer diario en la relación y cuidado con nuestras hijas e hijos, que lejos de ser omnipotentes como parecen en parte presentarnos, somos impotentes de enfrentarnos a esa perversa perfección y poder que de forma manipulada pretender atribuirnos, de tal modo que no podemos sostener nuestras propias contradicciones vitales, nuestros errores, nuestro cansancio..., lo vivimos como fracasos, como tremendas equivocaciones y fallos que traerán consecuencias inevitables y gravísimas, alimentando así la culpa que acompaña a la idea de que quizás soy una mala madre.

Sin embargo la paradoja es que insertadas como estamos en esta sociedad patriarcal a la madre que se le atribuyen estos supuestos “poderes”…, es en realidad invisibilizada en su fuerza y su lugar simbólico. Se le quita autoridad y se pretende ningunear su sabiduría. Así se tratan embarazos y partos como si fuera una enfermedad, medicalizando lo que no necesita serlo, restando protagonismo a las mujeres y pasando el poder de decisión a los médicos que las atienden, consiguiendo así que muchas sientan y piensen que ellas solas no pueden parir, para después en muchos casos una vez nacida la criatura hacer un traspaso de poder, esta vez representado por el pediatra, difuminando así la capacidad de decidir y diseñar un estilo propio de llevar a cabo la maternidad. Hoy en día conozco a muchas mujeres que apuestan una forma de cuidado y de crianza, propia y definida, que trasgreden los supuestos patriarcales e inician así un orden diferente y original en el significado de la doble acepción del término: original como nuevo o diferente y original como vuelta a los orígenes, ya que en realidad recuperamos poco a poco lo que nos arrebataron de entre las manos y que hemos vivido como huérfanas de nosotras mismas muchas veces. Así recuperamos por fin algo que siempre fue nuestro y fue usurpado. Estas trasgresiones de libertad tienen un elevado coste porque son con frecuencia cuestionadas, puestas en duda, se les carga de responsabilidad negativa proyectando la idea de que si algo va mal en su forma de hacer las cosas “sólo ellas serán responsables por haberse atrevido a desafiar…a ..”, esto ante cosas como decidir opciones alternativas a la hora de cuidar de la salud, o de escoger un tipo de crianza concreto e incluso de cómo y donde parir.

Aparece dentro de esta ambivalencia presentada, la confusión sobre la relación con sus hijas e hijos y lo que de esas relaciones se puede esperar, en muchas mujeres. En el contexto terapéutico y al cobijo de una mirada atenta y observadora de la realidad que nos rodea, podemos presenciar como muchas veces la relación entre esa madre y sus hijas e hijos no es idílica ni maravillosa. La confusión hace mella en el vínculo al no conceder a la madre el reconocimiento que en palabras de Luisa Muraro es afirmar que la madre crea orden simbólico. Así vemos que muchas madres despojadas de reconocimiento y autoridad pierden su orientación instintiva y se sumergen en un hacer de madres atormentado y tormentoso.

Simone de Beauvoir en su libro “Una muerte muy dulce”, nos ofrece un ejemplo de esto refiriéndose a su madre:
Su amor por nosotras era tan profundo como exclusivo y la amargura con que lo sufríamos reflejaba sus propios conflictos. Muy vulnerable – podía rumiar durante veinte o cuarenta años un reproche o una crítica--- el rencor difuso que la poseía se traducía en conductas agresivas: franqueza brutal, pesada ironía; a menudo manifestaba para con nosotros una maldad más atolondrada que sádica: no quería nuestra desdicha sino una prueba de su poder”.

Entiendo que ese poder que anhelaba probar no es otra cosa que un reconocimiento digno a la capacidad de sostener la vida, a ser valorada lo suficiente en la tarea amorosa de hacerlo.

Nosotras mismas como madres, las que lo somos, nos hemos descubierto sorprendidas, desconcertadas y apesadumbradas, exigiendo reconocimiento y seguridad de forma equivocada. Revestidas de miedos inconscientes o conscientes, nos apartamos del verdadero deseo de como actuar para sumergirnos en miserias provocadas por este desconcierto interior. Tenemos pues miedo a que nuestras hijas e hijos no triunfen en la vida, no sean felices, no encuentren su camino.... a que nos consideren madres imperfectas...o no nos consideren... a que duden de nuestro amor o a que no nos amen..., porque cualquiera de estas cuestiones nos coloca en el lugar del fracaso, de no haber hecho lo que se espera de nosotras... no hemos cumplido con nuestro deber.

En el vestíbulo de estos miedos citados nació el poema que voy a leeros y que escribí al descubrir que tenía miedo de que todo el amor hacia mi hija pasara desapercibido para ella, o al menos que no lo percibiera en la intensidad en la que yo lo daba. Escribir me ayudó a disipar la angustia, a tranquilizar al alma... y a descubrir por fin… que tal vez no lo percibiera nunca como yo deseaba, que no lo diría en voz alta quizás en caso de hacerlo… pero que lo importante es que toda su vida se sostiene gracias a ello y eso es lo que da sentido a mi amor entregado, como el de todas las madres cuando lo entregan a sus criaturas.

No sabe una
No sabe una
si es el desgaste
de ese quehacer cotidiano
donde el alma intenta no desfallecer
O tal vez las ansias
a veces insaciables
de tanto que aprender

O quizás el miedo a morir
así de pronto y dejar de ver
como clavas tu mirada en mi memoria,
como sonríes con esa candidez,
como adoro cada instante
en el que mi corazón…
se mueve acompasado de tu respiración.

Quizás es sólo el breve segundo
obstinado en permanecer
colgado de un rincón de mí recuerdo
donde está contenida la ternura

No se si es el miedo a desaparecer
Sin haberte dicho con palabras de nombrar
Que ya no puedo adorarte más
Que venero cada pliegue de ese cuerpo compartido
Que en un espacio fugaz estuvo dentro del mío

No sabe una si es
El miedo a la finitud
y cuando yo no esté
si alguien te pregunta
¿Quién fue?
Tu puedas decir: se me olvidó…
Y es que no sé aceptar con humildad
que me puedas olvidar
ni siquiera que me recuerdes poco
o que me recuerdes mal…
que en tus veladas teñidas de
brisa y canto
no me añores…
yo que sostuve tu vida
al iniciarse…
yo que acuné tus llantos,
que acompañé tus primeros deseos floreciendo
que adivine tu alma
y previne todos los por si a casos…

Y es que yo quiero que recuerdes
cada nana,
cada cuento, cada beso ardiente
de ese amor que aún crece…
que recuerdes cada instante
de olor a trufas en días de fiesta
que redondearon juntas nuestras manos,
de delantales grandes
de canciones recién estrenadas
de mercados y calles

porque si tu recuerdas eso
mi vida toma forma
y el vaho de mi aliento
tiene sentido

No sabe una si
tal vez es intento banal
Detener al viento y su rumbo
Parar al día o guardar la noche
Y en realidad sólo basta con
dejar de hacerme el reproche
de cómo te amo y cuanto¡¡
Tal vez sólo basta
con dejar de atormentarme
con la incansable pregunta
de si lo sabes y cómo
si en realidad, amor,
solo basta con saber
yo y el perfume de todas las rosas
que fue verdad…
y que permanece
en cada miga de pan
anidado,
el amor que te regalo.

Una no sabe si
bastaría…quizás
con dejar de esperar
si llegará el día
donde alguna brisa me diga:

Ahora sabe que tu
en un hervor de amor
entrelazado,
le diste la vida y los suspiros
ahora sabe que en ti halló
el amor encerrado
dentro de todos los libros,
ahora sabe que en tu vientre
la mecieron todas las canciones
ahora sabe que tú le hablaste
de que las brujas son buenas,
de que los cuentos se inventan,
que se hacen a medida…
ahora sabe que la música
es tu legado de amor
para que baile siempre su corazón.

Ahora sabe que tu de amor la rebozaste
que hasta tus miserias
la cubrieron de gloria
ahora sabe que sobran las palabras
para que ella sienta y sepa
cuanto la amaste.

Una no sabe …

Una no sabe…

Carmen Boó, a mi hija Jezabel del alma.

 

También cuando somos hijas la relación con nuestra madre es algo muy importante en nuestras vidas.

No quiero pasar a otro lugar de encuentro de nuestras almas sin antes recitar de nuevo un poema de Juana Castro, en el que ella hace alusión a la evidencia de que cada vez nos parecemos más a nuestras madres. Entiendo que acercarse a la madre y aceptarla es el principio de la propia aceptación que poco o nada tiene que hacer si no pasamos por el reconocimiento a los orígenes. “Las mujeres que no se aceptan se acaban padeciendo”, palabras duras pero con las que estoy totalmente de acuerdo que cita Liliana Mizrahi, en su último libro “Mujeres en Plena revuelta”. Palabras que nos pueden ayudar a reflexionar y crecer. La madre es nuestro punto de partida, es nuestro segundo primitivo… donde empezaron su camino todas nuestras horas venideras.

CÁLIZ

Y ahora soy
tan igual a ti, madre,
que no me reconozco en el cristal
de este retrato tuyo tan presente.
Si supieras que todo
lo que de ti he odiado y maldecía
ahora en mi lo descubro
tan exacto y reciente como el cerco
de una piedra en el agua, repetida.

Vengo a verte de nuevo.

Tócame, pon mis dedos
aquí sobre tus llagas, y ábreme
esta rosa de espinas del costado.

Soy tan tuya que el mar
tu voz copia en mi voz para su canto
Y me despierto, y en la hora vivo
tu misma inmensa sed, esa que siempre
en tus huesos vacíos
irremediablemente ardiera

Yo no soy tu fantasma, quiero
crearte ahora en el filo
de quien te dio mi ser, resucitada

De muerta a muerta dime:
¿Quién amamanta a quién, amada mía?

Juana Castro en “No temerás”

 

Entiendo, siento… que las mujeres amamos la relación. Esta reflexión se ha hecho sitio en mí a partir de las conversaciones con mi amiga Nuria Beitia, a quién ya mencioné antes, de la que escuché por primera vez este razonamiento. Amamos de antemano la relación. De antemano a que aparezca y se concrete en una persona determinada. Amamos de entrada relacionarnos y todo lo que ello significa: hablar, expresarnos, escuchar, compartir, cuchichear, cotillear, aprender, enseñar, tocar, besar, acariciar, dar, recibir, comprender, necesitar ser comprendidas…., ser cómplices, tener cómplices…. compartir secretos…. experiencias… contar y explicar… hablar para resolver un conflicto, para venerar al amor al decir te quiero, hablar para encontrarnos y para despedirnos, pensar en lo que le gusta a ella o a él y desear que sepan lo que me gusta a mi, cuidar, atender, ayudar, proteger… acompañar…. y a la vez buscar compañía, cuidado… ayuda…atención…

Vamos con todo esto en nuestro saco de amor y de deseos. Lo llevamos cosido a las costuras de esta alma que veo tan común entre nosotras. Y esperamos serenas unas veces e impacientes otras, a que aparezca alguien visitando nuestra vida para colocarle todo esto que vive en nosotras antes de que esa persona llegara y damos así a luz a esa nueva relación. La convocamos de hecho, para poder darla a luz desde ese amor fiel y profundo a la relación que nos acompaña y nos da a veces la paz y la alegría y otras el desconcierto y el desasosiego…

Este amor a la relación, previo y originario, profundo y revelador es el responsable de una buena parte del sentido de nuestra vida, nos hace amar la cercanía, la comunicación y la alteridad. En palabras de otra querida María, que es María Zambrano: “La alteridad es lo que nos altera”. Y es cierto, el otro, la otra, nos altera… a veces para bien otras quizás no tanto, pero nunca nos deja indiferentes, y es que eso de alterar corresponde a una tribu muy grande, sus parientes son numerosos: apasionar, acalorar, enardecer, encender, exaltar, excitar, modificar, variar, cambiar, transformar…

Nuestro encuentro de color rojo, es ese lugar en el que cada mes nuestro cuerpo se transforma para recibir a la menstruación. Nuestro cuerpo femenino nos tiene arriba y abajo hormonalmente, cosa que a los varones no les pasa. Nuestra sensibilidad es pues coherente con ese cuerpo que tenemos, lleno de redondeces, que nos lleva con frecuencia para adentro. La relación con la menstruación viene muchas veces condicionada, lamentablemente con las influencias del patriarcado. Por cierto me comentó una amiga que no hace mucho y quizás en la actualidad aún esté en uso, que a la menstruación se la apodaba “la tía María”.

Nuria Beitia, amiga del alma y a estas alturas ya conocida para todas vosotras de tanto que la nombro, mujer sabia, escribió una vez a mi hija Jezabel:

“Mirem els informatius de la tele mentre sopem sense fer cap escarafalls davant la sang que dia rera dia es vessa al món: sang que procedeix de la violència, l'agressió, la destrucció, la mort. La regla, la sang del part i los loquios (la quarentena) són l'única sang humana que es vessada per generar vida i no per destruir-la i ens entestem a creure en els anuncis de compreses que ens diuen:

que no se note
que no traspase
que no huela!!!”

Gracias a reflexiones como esta una acaba agradeciendo y dando la bienvenida a su regla mensual, acogiendo lo que ella significa y también lo que provoca. En la consulta con frecuencia las mujeres hablan de cómo les afecta el llamado “síndrome pre-menstrual” , se quejan de que se sienten más vulnerables, más irritables…; es cierto. Esos días nuestro cuerpo llama nuestra atención. Nos reclama. Nos recuerda que no somos hombres, que no tenemos una lógica lineal sino circular y que pasamos por diferentes estaciones experimentando en cada una sus luces y sus sombras. Y todo esto nos permite también ser seres de imaginación, ser creativas. Tal vez una asignatura pendiente poco a poco más resuelta es el acto de pensarnos a nosotras mismas, y dejar de pensarnos a través de un pensamiento ajeno. Quizás entonces, nuestro síndrome premenstrual tendría otro nombre y también otro significado. Tal vez nuestros altos y bajos en el humor serían pequeñas crisis de libertad emocional para trasformarnos de a poquitos para poder trascender…

Afirma Liliana Mizrahi, en el libro que antes he citado “Las mujeres enfermamos de desánimo y empobrecemos. Nos invade una forma de apatía que en realidad es dolor y se expresa en timideces, inhibiciones, bloqueos. Las mujeres nos encogemos, desteñimos, perdemos color y vivacidad”.

Todo esto es cierto y como ella también resalta en su libro, por eso las mujeres estamos siempre en proceso. Porque todas estas pequeñas o grandes crisis nos impulsan a la transformación y a la búsqueda. Búsqueda que creo honestamente es otro lugar común donde nos encontramos jubilosas buscando aprender, entendernos, construir ese camino de cambio… nos interesa todo o casi todo…tenemos algo de insaciables colocado en nuestra piel.

Llenamos salas de conferencias, cursos, talleres, jornadas… en la gran parte de las cosas y lugares de interés la mayoría somos mujeres. Y con frecuencia entre nosotras nos preguntamos ¿por qué los hombres no vienen a estos sitios? ¿por qué ellos no hacen estos cursos? ¿ellos no tienen problemas emocionales?... les echamos de menos en esa bendita necesidad nuestra de querer enseñarles todo lo bueno que sabemos, en esa obstinada constancia en no dejar nunca de ser dos y procurar el bien del otro.

Citando de nuevo a Liliana “Estoy en proceso, puesta a prueba, siempre sujeta a cuestiones y paradojas, en ese camino de avances y retrocesos que significa ser. Soy una mujer tránsito. Voy hacia la profundización de mi propia subjetividad, ese entretejido complejo de mí ser. Pongo en marcha el deseo de reencontrarme con mis propias verdades. Así aprendo la sensatez, establezco vínculos y amores no tan densos, tomo las garantías como provisorias, me voy construyendo en el pasaje de la confianza a la separación y de la separación a la confianza renovada. Y paso del corazón entregado al corazón recuperado para una nueva apuesta. Mientras tanto me establezco en mi, y esto es lo nuevo y me establezco en el amor a mi propio bien, que es el amor que orientará los otros amores”.

Junto a las mujeres con las que comparto talleres, horas de clase de conocimiento y de relación, descubro como nos encontramos con nosotras mismas, como nos creamos en cada conocimiento, en cada sentido que le damos a lo que vivimos. Esta poesía que voy a leeros surgió de estos encuentros de relación:

Me ha llevado el deseo
a colgarme boca abajo,
como si mi alma hubiera
buscado un atajo,
para dejar caer los sobrantes.

Y es este un acto de desprenderse.

Mis ojos se abren y veo
que cae todo
lo que no estaba prendido,
con hilo de verdad y oro.

Descubro de este modo
que no todo cuanto cae es conocido
¿será entonces que no es mío?.
Pero... ¿de mi ha caído? me interrogo

Y sonrío al darme cuenta
que se ha aligerado el aire
a la par que mi propio peso
abro los brazos y me dejo
besar por esta brisa
y saboreo el beso

Así se me olvidan las prisas
de recuperar la postura:
de pie, correcta, erguida,
manteniendo la compostura.

Y me quedo así colgada y al revés
siendo yo tal vez, por primera vez.

Carmen Boó Fernández de Castro
14 de mayo 2007

 

Las mujeres sentimos la necesidad de implicarnos en nuestro proceso vital, de descubrirnos y re-descubrirnos, estamos normalmente abiertas al conocimiento y al aprendizaje. Tenemos el alma inquieta con deseos de aprovechar nuestra vida. Así descubrimos que debemos darnos autoridad. Autoridad de legitimar nuestros deseos y anhelos, de ser libres emocional y espiritualmente.

También a las mujeres normalmente nos gusta adornarnos y ahí tenemos otro encuentro frecuente. Este adorno tiene que ver con la calidez de resaltar la belleza, de colocar en el sitio preciso para que luzca mejor, un mechón de cabello, de elegir de qué color me pintaré el pelo o las uñas…, lo hacemos casi sin darnos cuenta como cuando adornamos nuestras casas con flores, fotos o velas…, adornar es para nosotras invitar a que algo sea agradable y acogedor, es una carta de presentación de lo femenino, es contar con la belleza en lo cotidiano, es mostrar que algo puede resaltarse, enriquecerse….

La peluquería es un lugar de encuentro femenino, por el cual todas pasamos alguna vez… La película Caramel, explica una historia de mujeres entrañable que transcurre en el quehacer de una peluquería. Al ver esta película conecté con ese especial encanto de pintarse las uñas de los pies, de que te den un masaje al lavarte la cabeza, de los nervios cuando decides cortarte el pelo y el miedo a arrepentirte, de la alegría de haber acertado el nuevo color para el cabello y sentirte más guapa… del berrinche si te cortan demasiado y echas terriblemente de menos un centímetro de tu melena…; esa vocación de explorar barras de labios hasta encontrar tu color, hablar de marcas de cosméticos con las amigas e irremediablemente prestarnos la crema hidratante o el rimel que acabamos de descubrir como última revelación. Los momentos de tocador con olor a colorete, a quitaesmalte, a perfume. El escozor de ojos cuando después de reírte a carcajadas la fina línea de color negro que pintaste para resaltarlos , se ha desvanecido entre tus lágrimas y anda ahogándose dentro de tu maltrecho y enrojecido ojo…

El fastidio de estropearte tus recién pintadas uñas de color rojo…, el amor a las pinzas de las cejas, el olor a cera caliente, a laca, a mascarilla de huevo para hidratar el pelo…

Como os decía evoqué todo esto al ver la película y sentí que la historia que allí se contaba era un poco mía… ese ayudar a las amigas, ese cada una con su historia todas tan diferentes y tan parecidas, esas historias de amor que no tendrían el mismo valor si no fueran comentadas entre nosotras, transformadas de tanto desmenuzarlas, vueltas a nacer de tanto explicarlas…

Y en medio de la conversación el ruido del secador de pelo, el chasquido al tirar de la cera de las piernas, el olor agradecido del champú de fresas…, un lugar de tránsito común para cuando nuestras almas necesitan de la relación y del sentirse guapas.

Qué contemplen a esas mujeres que, con orgullo majestuoso, se pasean entre la multitud por las plazas. Entre ellas, aquí y allá, hay una que se coloca un moño encumbrado en la parte superior de la cabeza, hecho con el pelo de alguna otra; la frente de otra está sumergida entre rizados y ondulados bucles; y otra, para poner su cuello al descubierto, anuda sus cabellos de oro con un lazo dorado. Una suspende un collar de su hombro, otra de su brazo, otra desde el cuello hasta el pecho. otras casi se ahogan por opresión de los collares de perlas

Del libro “El cuerpo indispensable, significado del cuerpo de mujer”, María-Milagros Rivera Garretas

Vemos como tenemos señas de identidad compartidas y que adornar nuestro cuerpo va mucho más allá de la sexualidad o el interés por atraer al otro sexo, o al mismo según los casos, pero en definitiva mucho más allá de la mera conquista, aunque ésta tenga su importancia. Nuestro interés por adornar el cuerpo pasa por el filtro de nuestra sensibilidad. En algún tramo de mi vida me pareció mucho más “progre” e “intelectual”, y por tanto que daba mucho más “prestigio” a mi persona, si “repudiaba” todo eso de pintarme las uñas o los labios, si me olvidaba de ponerme perfume y me esforzaba más bien en aparecer “descoyuntada”, como anunciando: “A mi me interesan otras cosas mucho más provechosas e inteligentes que perder el tiempo en esas memeces…”; ahí me reconozco en una época … que ahora miro con ternura…, qué necesidad de apartarme de una parte de mi feminidad para sentir que era alguien¡¡¡, poco a poco recuperé el placer de arreglar mis manos, pintar mis uñas y mis labios y buscar con afán un perfume que me envolviera de olor a violetas o madreselva…, y ahora…, ahora en esa reconciliación en muchos aspectos con el propio cuerpo, encuentro en eso de arreglarme una forma de venerar la vida otorgada, una forma de querer lucir mejor, una forma de legitimar el querer gustar sin por ello sentirme débil…, así los adornos son ahora fieles acompañantes…qué si un collar, que si un pañuelo de gasa que vuela con el viento, que si un nuevo color de labios que me hace sentir que los resalta… o unos pendientes que cuelguen de mis orejas y tintinean cuando camino… y todo eso me recuerda que estoy contenta de ser mujer y que amo la vida recibida.

Sin duda estaremos bastante de acuerdo en que también compartimos debilidades cuando a medio camino entre nuestro frecuente y reconocible trasiego de hormonas, la necesidad de afecto y de compañía, de descanso y de relajación… nos entra un desesperado afán por lanzarnos sobre una tableta de chocolate…; parece que te llama desde su quieto rincón en el último y más alejado armario de la cocina donde la guardaste al llegar del super en el vano intento de no acordarte de ella, de no verla más… de no necesitarla…. pero tiene el poder de hacerse presente en el filo de tu memoria para rescatarte del último temblor de piernas, del último disgusto, o la última decepción, así que la vas a buscar y sucumbes a todos sus encantos mientras a tu pesar te atormenta la idea de que mañana deberás empezar la dieta…


DISYUNTIVA

La tentación se llama amor
o chocolate.
Es mala la adicción.
Sin paliativos.
Si algún médico, demonio o alquimista
supiera de mi mal
cosa sería
de andar toda la vida por curarme.
Pues tan sólo una droga,
con su cárcel
del olvido me salva de la otra.
Y así, una vez más, es el conflicto:
O me come el amor,
o me muero esta noche de bombones.

Juana Castro. De Alada mía, Córdoba 1996

Valdría la pena reflexionar sobre los motivos por los cuales la anorexia y la bulimia se dan más entre las mujeres. El patriarcado no acepta nuestros cuerpos como son y nosotras prisioneras de ese pensamiento instrumentalizado por el dinero caemos en tremendas trampas que nos acercan en muchos casos a la muerte. Entender que el cuerpo es nuestro cobijo y nuestra morada, que no nos abandona a pesar de tratarle muchas veces con desprecio o no cuidarlo bien, son en muchos casos asignaturas pendientes de las mujeres actuales.

Ahora que ya estamos llegando al final de todo lo que con cariño me he preparado para compartir con vosotras y vosotros, no quiero acabar sin hablar de las amigas.

Un lugar de encuentro de las mujeres es la amistad. La procedencia etimológica de esta palabra, no está del todo definida al menos hasta donde yo he podido averiguar, lo que sé es que parte del latín amicus, que posiblemente se derivó de amore, es decir amar. Por otro lado si observamos la raíz griega, nos remite a “aego” que significa “sin mi ego”, es decir “ sin mi yo”, con lo cual se consideraría a una amiga/o como al otro yo.

Las mujeres que viven sumergidas en relaciones de complicidad con otras mujeres, donde encuentran un lugar de aprendizaje, diversión, de afecto…, tienen un círculo vital más armonioso y equilibrado, su homeostasis vital está más garantizada. Saben y sienten que sus afectos repartidos entre sus amigas pueden cubrir muchas de las necesidades de su alma.

Por el contrario a veces hay mujeres que magnifican la relación de pareja concediéndole a ésta el protagonismo de su círculo vital afectivo, llevando a cabo el síndrome de “depreciación afectiva”, que a lugar cuando al aparecer un hombre en sus vidas relegan a las amigas al olvido volviendo a rescatarlas cuando la relación con el hombre ha fallado. La relación de amistad no puede maltratarse, no puede cosificarse (tratar a las personas como si fueran cosas), debemos según mi opinión, venerarla, cuidarla, gozarla.

No quisiera que se pudiera pensar que no valoro la relación de pareja. Por supuesto que lo hago. De hecho siento que vivir en pareja es una de las formas más hermosas de vivir. En mi caso por mi condición de elección de heterosexual, me refiero a vivir con un hombre y compartir con él todo lo que contiene lo cotidiano. No se trata de excluir…sino todo lo contrario…de incluir. Es decir, hablar del alma de las mujeres tiene que acoger nuestros deseos de tener cerca al hombre que amamos y saberlo en nuestras vidas.

Sin embargo para mi es importante resaltar como dije en algún momento al principio de mi intervención, que lo que no siento como propio, es el empeño de querer ser iguales. No quiero ser igual que un hombre ni me gustaría que ninguno quisiera ser igual a mi. Necesito de la disparidad y de la maravillosa diferencia que nos hace complementarios. Estar con las amigas nos ofrece la posibilidad de recibir unas cosas que le son propias al sexo y al vínculo, y por lo tanto estar con la pareja nos permite gozar de otras distintas también propias del sexo y del vínculo.

Entiendo que las relaciones se construyen con el poco a poco del contacto y de aprender el uno del otro, de admirarnos mutuamente y aparecen así los maravillosos aliados del amor: el respeto, la confianza y la complicidad. Creo y siento que las relaciones (en general todas, pero mucho más si cabe las de pareja), se alimentan y sostienen de tiempo y de palabra. El tiempo que nos dedicamos y la palabra que compartimos.

Termino pues esta conferencia con un hermoso poema de Clara Coria que siento describe, al menos en parte, mi intento de querer expresar con contundencia que una reflexión sobre el alma de las mujeres, en ningún caso puede excluir acoger al sexo masculino y bendecir nuestras diferencias en el deseo de esa complementareidad que sin duda es el lugar donde mejor va a vivir el amor.


Por cada mujer fuerte cansada de aparentar debilidad,
hay un hombre débil cansado de parecer fuerte.

Por cada mujer cansada de actuar como una tonta,
hay un hombre cansado de aparentar que lo sabe todo

Por cada mujer cansada de ser calificada como “hembra emocional”
hay un hombre a quién se le ha negado el derecho a llorar y a ser delicado.

Por cada mujer catalogada como poco femenina cuando compite
Hay un hombre obligado a competir para que no se dude de su masculinidad


Por cada mujer cansada de ser objeto sexual
Hay un hombre preocupado por su potencia sexual

Por cada mujer que se siente ligada a sus hijos
Hay un hombre a quien se le niega el placer de la paternidad


Por cada mujer que no ha tenido acceso a un trabajo o salario satisfactorio,
hay un hombre que ha de asumir la responsabilidad económica de otro ser humano

Por cada mujer que desconoce los mecanismos del automobil, hay un hombre que no ha aprendido los secretos del arte de cocinar

Por cada mujer que da un paso adelante hacia su propia liberación, hay un hombre que redescubre el camino a la libertad.


Debemos dejarnos crecer las alas, debemos ver la disparidad, y dejarnos dar desde la diferencia.

Gracias a todos los hombres que han asistido a esta conferencia con mi sincero deseo de que les pueda acercar su contenido a conocer algo mejor a sus esposas, madres o hijas…

También por supuesto, gracias por haberme escuchado a vosotras, queridas “Marías”…, después de todo nada somos las unas sin las otras.

Carmen Boó Fernández de Castro.